Somos los hijos de la más desesperada prudencia, que en la libertad del tiempo concertaron una cita con la obra de esta tierra. Somos todo lo que viese utilidad desde el nimio comercio de lo súbito: la España y la colonia, y la América y el buen patio que señalan las miradas. Somos de antemano la pena ajena viviendo la labor de la vergüenza vital . Somos la legítima sinceridad de los afortunados del látigo y el éxito. Los del servicio que reclama cualquier tentativa y acto vivo. Los del amor.
Nuestro sosiego es el modo que se expande la nostalgia y archivamos la letra de cada uno de los honores con que nos ha conversado la vida. Somos los del renglón necesario, ubicados en la abundancia que da el ejercicio de las buenas partes. Huímos de la vana hospitalidad que ofrece toda parálisis de la imaginacion y partimos cada día a librar de adornos y parabienes el sano juicio del saber.
Somos por tanto los hijos del respiro, del concilio que han procurado los increíbles descuidos y de la recia escritura de las pruebas. Ahi vamos con la amenaza de la bondad y la nobleza de la paciencia anunciando la paz. Fecundamente provistos de cualquier queja y amargura pero reventando en el molde del amor. Invintando al influjo de lo hermoso para que jadée anhelante en cada partícula que la esperanza levante. |